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EL ULTIMO LIBRO DE JORGE BOCCANERAUn bestiario posmoderno
Desde 1976, año en que obtuvo el prestigioso premio Casa de las Américas, la poesía de Jorge Boccanera (Bahía Blanca, 1952) ha venido creciendo con firmeza, sin estridencias, hasta constituir un corpus de originalidad indiscutible. Conocida en casi toda América Latina (el autor ha vivido durante largos períodos en Costa Rica y México, y recorrió todos los países del continente) la poesía de Boccanera no se inscribe a priori en ningún “ismo”, no puede situarse sin forzar la nota en alguna de las líneas epigonales de las vanguardias del siglo XX. Se nutre de algunas de ellas, sí, pero el producto alcanza una peculiaridad que es el sello, la marca de estilo Boccanera. A pesar de la cercanía y admiración del autor por la figura de otro grande, Juan Gelman, las trazas de la poesía de Gelman no son detectables a simple vista en Boccanera. La obra de este último es concisa, transparente, de un efecto comunicativo inmediato e inédito que posee una comunidad de espíritu con Gelman pero es personal y diferente. A la función autoreferente del lenguaje siempre se le une una línea de exterioridad o, como hubiera dicho Ernesto Cardenal, de exteriorismo, no de “compromiso” hueco, superficial o panfletario. Se habla de madurez creativa cuando un autor alcanza la plena posesión de su decir poético sin hesitaciones, sin balbuceos o contradicciones. En ese sentido, Boccanera es maduro hace ya mucho tiempo. Dentro de esta madurez sorprende su capacidad de renovación, una indeclinable eficacia que mantiene la frescura y evita la repetición de formas sin alterar la coherencia temática ni la línea a que apunta desde el principio su proyecto de creación. En este punto es esclarecedor el juicio de José Saramago: “ No hay espacios vacíos en la poesía de Jorge Boccanera. Cada palabra extiende la mano hacia la siguiente, la agarra con firmeza, de modo que la intensidad del sentido se ve duplicada y luego se multiplica en un crescendo continuo en que la evidente y a veces dolorosa belleza formal, al contrario de distraer al lector de la sustancia del poema, atrapa la respiración (a mí me la capturó), como si aun ese imperceptible movimiento del cuerpo debiese perturbar el peso de las palabras y su armonía profunda”. Luego de un gran lapso de silencio, puede decirse que este libro constituye una renovación de la tradición instaurada por el propio Boccanera, desde el título, que anuncia la posibilidad de un bestiario medioeval concebido en la posmodernidad, hasta la alusión al enmudecimiento que busca connotar lo que parece no ser predicable pero la poesía logra representar como una iluminación entrelíneas(“Sordomuda”, su anterior título que aquí se resignifica en otro poema del mismo nombre, constituyó un paradigma en ese sentido). La apelación a figuras como Sylvia Plath, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Ana Frank, etc. conforma un universo de referencia en que se mueve el discurso poético de “Bestias en un hotel de paso”. En “Alejandra Pizarnik abre su cuaderno de apuntes” se aprecia la eficacia de este mecanismo:
“El hombre que saca la cabeza del agua, es un pez que se asfixia. El pez que mete la cabeza en el agua, es un hombre y se ahoga.
El poeta escribe en la línea del agua, y se asfixia, y se ahoga.”
El procedimiento supone una relectura indirecta de Alejandra Pizarnik, una reflexión sobre la fenomenología poética y, al fin, una concreción estética nueva, clara y distinta, donde lo discursivo busca escaparse de sí mismo, exponer, sin otro artificio que una expresión despojada, dialogante con el autor “citado”, una esencialidad oculta y nueva. Es este ejercicio de intertextualidad, esta invocación cruzada a textos y autores, la que hace un entramado donde la poesía reflexiona sobre sí misma y logra la concreción de un producto estético preciso pero abierto, definido en su línea de elección pero múltiple en la riqueza y vitalidad de sus referencias. Se verifican a la vez plenamente dos de las funciones del lenguaje planteadas por Roman Jakobson: la función poética y la función metalingüística. Un ejemplo claro de intertextualidad es el poema de tres líneas de la página 57 titulado “Nadie tiene una casa de buena piedra”, recreación acertada de un famoso fragmento del escritor norteamericano Ezra Pound sobre la usura:
“Tenía razón el viejo Pound. En el país de los ciegos todo cuesta un ojo de la cara.”
En “Epitafios”, en “Labios de ramas quebradas” y en “Boleros” se plantea la dialéctica palabra-silencio con la carnadura de imágenes, metáforas y evoluciones de un proyecto poético generoso en el decir. El libro también porta una sutil línea de ironía que se descubre en la visita a un bestiario donde comparece el carácter ecléctico, diverso, en ocasiones contradictorio de la condición posmoderna. Se trata de bestias poéticas de hermosura trágica, se trata de un álbum de instantáneas, de primeros planos de algunos monstruos salidos del sueño de la razón. “Bestias en un hotel de paso” es una muestra ineludible de la más sólida y valiosa poesía latinoamericana contemporánea. BESTIAS EN UN HOTEL DE PASO, de Jorge Boccanera. Narvaja Editor. Córdoba, Argentina 2001. 98 páginas.
Autor: Rafael Courtoisie Material aportado por: El Sitio de las Letras
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